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Eneagrama para autoconsciencia

El Eneagrama que reivindica el ego

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Muchas vías de autoconocimiento y crecimiento espiritual persiguen entre sus metas la desaparición del ego. Incluso algunas escuelas de Eneagrama lo propugnan. Puede que se deba a una falta de entendimiento del papel que juega en nuestro desarrollo. Lo que es innegable es su resultado: el endurecimiento y la aspereza de un camino que de por sí es difícil y largo, el que hemos de recorrer para descubrir nuestra verdadera naturaleza. Con “verdadera naturaleza” nos referimos a aquello que nos hace ser lo que somos, aquello que es y se expresa en nosotros pero que no ha sido aprendido, sino que es previo al aprendizaje, es aquello que nos anima y que convierte a cada uno de nosotros un ser único, irrepetible, inclasificable, libre y de potencial ilimitado. Hablamos de una realidad que puede conocerse como alma, espíritu, ser, consciencia... y que los que utilizamos el Eneagrama para conectarnos con ella llamamos Esencia. El ego o personalidad sería lo opuesto: aquello que hacemos y expresamos porque hemos aprendido a hacerlo así, que nos hace predecibles y clasificables y que no nos permite ser lo que somos sino que nos convierte en una versión amputada de nuestro infinito potencial. El por qué, el cómo y el cuándo se desarrolla es objeto de estudio por la Psicología y la Filosofía y explorar las distintas teorías excede de nuestra ambición. Desde nuestro enfoque, el ego nace como mecanismo de protección y adaptación de nuestra psique en función de dos variables: - una tendencia natural - la acumulación de experiencias Su función es facilitar la satisfacción de nuestras necesidades básicas. Cuando nacemos estas necesidades están cubiertas por nuestra madre y nuestra lactancia suele ser un proceso de plenitud, “duerme como un bebé” solemos decir. Pero en algún momento atravesamos nuestra primera experiencia de carencia y surge el miedo. Entonces, el bebé abandona su tiempo de presente perfecto y comienza a probar diferentes estrategias para que el miedo no vuelva a aparecer: deja de llorar o llora más fuerte que nunca, se ríe o se queda dormido,... y va fijando por repetición aquellas que mejor le funcionan. Así va construyéndose una personalidad con aquello que le garantiza que sus necesidades sean cubiertas. El precio que paga por ella es alto: la renuncia a partes de su ser, pero necesario: sobrevivirá. El ego se convierte en un cascarón dentro del que crecemos confortables pero limitados. Este proceso continúa durante toda nuestra vida. Todos vamos fijando comportamientos y perfilando cada vez más nuestra personalidad. No hay forma de evitarlo porque nuestro cerebro funciona así, y aquellas conductas e ideas que más se repiten forman conexiones neuronales cada vez más potentes. El cerebro, en primera instancia, también está diseñado para garantizar nuestra supervivencia. El ego no es más que su sistema operativo y por tanto es absolutamente indispensable para nosotros. ¿Cómo íbamos a poder sobrevivir sin él? ¿Alguno tiene en su casa un ordenador tan avanzado que no lo necesite? No es posible caminar sobre este planeta sin ego. Sin embargo, eso no significa que no podamos mejorarlo. De hecho, dicen los expertos que usamos aproximadamente el 10% de la capacidad de nuestro cerebro, ¿no será por falta de un sistema operativo lo bastante potente? Sea de este modo o no, lo cierto es que el sistema operativo es necesario. Sin embargo, no debemos confundir sus limitadas funciones con las ilimitadas posibilidades que ofrece nuestro ordenador. Ésta es la trampa en la que caemos y por lo que algunos proponen su destrucción: identificamos al ser con el ego y nos decimos frases como “es que yo soy así” o “ésta es mi manera de ser”. Y nos lanzamos a actuar, sentir y pensar para sostener esa identificación y no para abrirnos plenamente a la experiencia del presente. El ego abandona entonces su papel de protección para convertirse en una prisión. Deja de servir a nuestro ser en su búsqueda de experiencias para convertirse en un filtro de la realidad que sólo permitirá aquellas experiencias que retroalimenten la identificación y lo mantengan al mando. Para hacerlo emplea diversos mecanismos como la tensión física, la adicción emocional y el juicio. En función del grado en que lo haga nuestra prisión egóica será más o menos confortable. No es lo mismo una celda de Haití que una celda de exbanquero, ¿no? Y sin embargo, en todo preso existe el potencial de aceptar su realidad y recuperar su libertad y poder personal a pesar de los muros que lo encierran. ¿Cómo se consigue esto? La solución no está en agarrar un martillo y liarse a porrazos con la celda. Pasa primero por observarla y entender porqué hemos llegado hasta allí. Sin culpabilizarnos. En segundo lugar, hemos de darnos cuanta de que hemos asumido el papel de prisionero sin serlo y renunciar a él. Por último, hemos de descubrir la infinidad de posibilidades a nuestro alcance y dejarnos ser en ellas. La celda recupera entonces su auténtico papel de soporte para nuestra experiencia. ¿No hicieron algo así los presos que cambiaron sus vidas en prisión aprendiendo un oficio o estudiando una carrera? Una de las herramientas que nos ayuda en este proceso es el Eneagrama. Conocer y comprender nuestro tipo de personalidad o eneatipo es observar nuestra celda, reconocer cómo hemos llegado hasta ella con dulzura, admirando la perfección y complejidad de los sofisticados mecanismos psicológicos que la han creado, entendiendo que como sentimos que nuestra supervivencia estaba en juego, probablemente no pudimos actuar de otra forma. Es una toma de consciencia del ego, que nos permite poco a poco ir flexibilizándolo para volver a ponerlo al servicio de la Esencia. No se trata de elegir entre uno u otro, ambos están en todo momento, pero sí de decidir qué motores preferimos para nuestra vida: ¿la rabia, la vergüenza y la ansiedad? ¿o la paz, el deleite y la gratitud? Es un proceso consciente en el que vamos a ir creando nuevas conexiones neuronales, primero a través del conocimiento intelectual y poco a poco, conforme el ego se relaja, a través de la experiencia. Realmente, la experiencia es la gran meta, pero ¿la experiencia de qué? La experiencia de nuestro verdadero ser, y para lograrlo, algunas de las claves van a estar en nuestro ego. Porque gracias a la comprensión de nuestro eneatipo, vamos a poder reconocer la tendencia natural que mencionábamos al principio. Descubrir esta tendencia e integrarla significa recuperar nuestra genialidad como individuos y hacernos responsables de expresar la cualidad divina que hemos venido a encarnar. En última instancia, se trata de usar el ego como puerta de entrada al mundo de la presencia. ¿Y qué es estar presente? Es estar en cada momento de nuestra vida en contacto directo con nuestra Esencia. Un gran salto hacia la autoconsciencia que resultaría mucho más difícil e improbable si no pudiéramos usar nuestro ego como trampolín.

¡Qué cansao’ es ser yo mismo tó el rato!

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Es terrible esa sensación que tenemos a veces de querer que la tierra nos trague para evitar determinadas experiencias y situaciones. No queremos entrar en ellas, porque ya sabemos exactamente cómo se van a desarrollar. Atravesarlas, más que sentirnos vivos nos hace sentirnos en un bucle en el que todo se repite una y otra vez. Pensemos por ejemplo en una comida familiar. Sabemos cómo vamos a reaccionar, lo que vamos a decir, lo que vamos a hacer y en qué momento, qué palabra del otro va a dispararme, en qué momento me voy a levantar de la mesa como una moto… Y aunque lo sabemos y no nos gusta, no somos capaces de cambiar nuestros comportamientos. Uno hace intentos y se plantea: “hoy no me voy a dejar provocar…”, “hoy voy a ser capaz de no fingir a ver si se da cuenta…” o quizás un simple “hoy no voy a dejarle que me sirva toda la comida que ella quiera…” Y de repente todo ha pasado… tal y como sabíamos que pasaría… no importa que haya sido una experiencia agradable o desagradable, nos hemos tragado algo que no nos apetece, que sabemos que ya no digerimos bien y nos sentimos empachados con nuestra propia vida. ¿Por qué en esas situaciones repetimos una y otra vez los mismos patrones y no somos capaces de romperlos? ¿No sería fantástico llegar a esa comida y que en lugar de actuar “el niño bueno”, “la hija triunfadora”, “el tío egoísta”, “la madre sobreprotectora”, “el padre seco”,… cada uno pudiera liberarse de “su papel” y sentirse libre de hacer, sentirse y expresarse conforme a lo que de verdad necesita, desea y quiere en ese momento? ¿No sería fantástico ser capaces de abrirnos a la vida sin la predictibilidad de nuestro personaje? Abrirnos sin saber lo que va a pasar y lo que es más importante, sin sabernos a nosotros mismos. Con la capacidad de descubrirnos un poco más en cada experiencia.

¿Cuánto hace que no me sorprendo a mí mismo?

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De vez en cuando conviene preguntarse: ¿cuánto tiempo hace que no me sorprendo a mí mismo? ¿cuánto hace que no descubro algo de mí que no sabía? ¿cuánto que me descubro entregándome a una experiencia que nunca habría imaginado? Si hace demasiado, quizás estás en ese punto de estar cansado de ser tú mismo todo el rato y es el momento para que descubras qué te impide cambiar, reinventarte o simplemente ampliar horizontes. Yo encontré esas respuestas en el Eneagrama que se convirtió en la herramienta que me ayuda a encajar las piezas del puzle de mi personaje. El Eneagrama en su origen es una representación de las leyes del despliegue de la realidad. No es de extrañar pues que me haya ayudado a ver cómo yo me aparto de ese despliegue, me niego a ver las señales, cómo me resisto a los cambios que la vida me propone, a los que yo me niego para afirmarme. Para describir estas resistencias, el Eneagrama desmenuza y distribuye los conceptos de cualquier corriente psicológica y/o espiritual y nos permite convertir enfoques opuestos en complementarios, permitiéndonos una comprensión más profunda del fenómeno de la personalidad. ¿Por qué desarrollé “un personaje”? ¿Fue una respuesta a la pérdida de contacto con el Absoluto? ¿Fue una reacción a un trauma de la infancia? ¿Fue una consecuencia de la genética que heredé? Si colocamos estas tres visiones a la luz del Eneagrama, se despolarizan y se convierten en un rayo de luz blanca que me permite ver las cosas con mayor claridad porque descubro que las tres apuntan a una misma verdad.

¿Quieres seguir engañándote?

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¿Cómo me relaciono con mi cuerpo? ¿con miedo a ser débil y enfermar? ¿lo cuido para gustar a los demás? ¿es sólo un instrumento que maltrato? ¿Por qué me comporto así en mis relaciones? ¿por cómo fue la relación con mi madre? ¿qué verdad profunda sobre mí tengo que descubrir en el otro? ¿Desde dónde juzgo la vida? ¿de quién aprendí lo que era bueno y malo? ¿estoy tan seguro de lo que pienso que puedo escuchar al otro? Podemos responder desde lo biológico, lo psicológico o desde lo espiritual. En el Eneagrama, los enfoques se integran para permitirnos una mayor comprensión de quiénes somos. Cada enfoque recoge parte de la verdad y al integrarlos se revelan los porqués, en qué proporción y qué parte he descuidado y tengo que atender. El Eneagrama es un catalizador del autodescubrimiento y del cambio que puede ayudarte a juntar las piezas de tu puzle. Creencias, patrones emocionales y conductas que te gustaría cambiar pero que al intentarlo se derrumban como un castillo de naipes porque no eras consciente de cómo lo que querías cambiar estaba engranado con el resto de los planos de tu personalidad. Por eso cuando descubrimos nuestro tipo empezamos a entender esas conexiones y todo encaja. Y no es que el tipo me describa a mí, no. Mi tipo en el Eneagrama no es una etiqueta que me define, es una radiografía de mis dificultades para fluir con la realidad y para que quién yo soy en realidad pueda expresarse en el mundo. Este descubrimiento lleva a otro más sorprendente: cuando por fin los mecanismos de mi personalidad se revelan no tengo que hacer nada para cambiarlos, la propia observación (la observación real, no la teórica) produce gradualmente y respetando nuestros límites, el cambio que estábamos buscando y necesitando. Éste es el verdadero valor del Eneagrama, que nos facilita una observación de 360º sobre nosotros mismos, que nos impide seguir engañándonos. ¿Quién después de descubrir su verdad más profunda es capaz de olvidarla y volver a fingir ser otro que ya no es?

¿Tu historia te limita?

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Imagínate que un día te despiertas y no sabes quién eres. No te acuerdas ni de tu nombre, ni de tus familiares, ni de tus amigos… No tienes ni un solo recuerdo de la infancia o de la adolescencia, y hasta mirarte la cara en un espejo te resulta divertido y sorprendente. Tu cuerpo está relajado y cargado de energía, y disfruta descubriendo los sabores, los aromas, los colores,… Todo se presenta como una nueva experiencia a la que te abres plenamente, porque tampoco posees prejuicios ni ideas preconcebidas de las cosas, los conceptos de bueno y malo de los que los demás hablan te resultan arbitrarios e ilógicos en muchas ocasiones. La vida es ligera y deslumbrante. Todo te produce curiosidad e indagas con candidez e inocencia, haces mil y una preguntas porque de tu mente se ha borrado el hábito de hacer suposiciones. Expresas lo que sientes y lo que piensas y te sorprende que los demás no lo hagan y que se compliquen tanto la existencia intentando ser diferentes de cómo que son. Seguro que has visto esta situación en una película, pero ¿y si te pasara a ti? ¿te gusta la idea o te aterroriza convertirte en alguien que no sabe quién es? ¿en alguien sin pasado? En realidad, enfrentarse así a esta situación es sólo una posibilidad. Existe la opción contraria, que también hemos visto en el cine muchas veces. Con esos personajes que sufren porque dicen que “quieren recuperar su vida” y “volver a ser yo”… y se esfuerzan por lograrlo. En algunas películas terminan consiguiéndolo (a veces incluso con terribles venganzas incluidas) y en otras, la vida les enseña que es mejor dejar atrás el yo pasado y empezar de cero. Es interesante la seguridad que nos da tener un pasado y saber quiénes somos. Nos da una biografía, un puñado de certezas y una dirección en la que ir o una meta que perseguir, unas normas para regir nuestras conductas y millones de justificaciones para cada uno de nuestros actos cotidianos. Sin embargo, a veces no nos damos cuenta de cuánto nos limita este yo con el que nos identificamos, cómo nos obliga a repetir hábitos que nos hastían y a permanecer en relaciones que no nos satisfacen, cómo nos lleva a poner tiempo y energía en prioridades que son más fruto de la resignación que de la convicción y cómo cada vez nos hace sentir menos capaces de vivir de otra manera sin tanto cálculo y tanto salvavidas.

El pasado es mi materia prima

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¿Cómo encontrar el equilibrio entre identificarnos con la historia que nos limita y el ignorarla renunciando a la consciencia de nuestras experiencias materiales? El primer paso es aceptar que ambas polaridades forman parte del mismo continuum. El presente sin pasado representa a nuestro niño y también a nuestro anciano que ha sabido envejecer y alcanzar la sabiduría, que saben tomar lo que la vida trae momento a momento y valorar sólo lo que es realmente importante en ese instante. La personalidad y su relato autobiográfico es necesario porque es el recorrido que hacemos para llegar del uno al otro, es el paso entre el ser esencial inconsciente y el ser esencial consciente de sí mismo. Es decir, la naturaleza de la personalidad no es ser una estructura rígida e inmutable, sino un vehículo, un campo de experimentación, un camino de autodescubrimiento, un proceso en constante evolución que busca conducirte a la autoconsciencia a través de la profundización en ti mismo y tus experiencias. El problema es que la personalidad, que nos ha librado de muchos escollos y nos ha salvado la vida en innumerables ocasiones, considera que ya ha alcanzado la sabiduría, la perfección y la verdad absoluta y por tanto no necesita evolucionar sino mantenerse firme y demostrar a todos cuál es la manera correcta de ver el mundo. Como siempre digo, esta prepotencia egóica me conecta con la arrogancia con la que miraba a mis padres con poco más de dieciséis años, convencido de que ya lo sabía todo y de que ellos, pobres caducos, no podían enseñarme nada. Y claro, después la vida ha sido tan amable de demostrarme que aún tenía tanto por aprender… y lo que me queda… Por este motivo, no tiene sentido aferrarnos al personaje que hemos creado, a mi yo y a mi vida. Por supuesto que tenemos unas raíces y un pasado. Pero no para justificarnos ni perpetuar nada, sino para usarlas de materia prima y encontrar las claves que nos permitan cambiar y evolucionar.

¿Dónde estás estudiándote?

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Comprender tu personalidad es la vía para conectarte a tu auténtico ser. Es el único tirador con el que puedes levantar la máscara que oculta tu verdadera naturaleza. Por eso es tan crucial conocerla a fondo y entender sus mecanismos. Cualquier herramienta, como el Eneagrama, no es más que eso. Lo importante no es convertirse en un experto en números y eneatipos, sino convertirse en un experto en ti mismo. Para eso, la universidad de la vida te ofrece dos especialidades: experto en repetir patrones y vivir en la jungla o experto en abrir el corazón y vivir sin miedo. Dicen que la primera opción tiene mucho futuro y ofrece múltiples salidas profesionales. Con ella, puedes incluso conseguir que tu máscara brille un poco más. Quizás tanto que se te olvide que dentro hay una parte que, a pesar de ser lo más valioso que tienes, está dormida y puede que nunca llegue a despertarse. Aseguran que la segunda es vocacional porque con ella no se consigue nunca un puesto fijo y nunca se deja de estudiar. Es el viaje del héroe a la conquista de su corazón. Un viaje que requiere coraje y compasión y que no termina nunca. ¿Tú en cuál estás matriculado?

Quítate años

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Para transformarnos es preciso que miremos a ese yo que creemos adulto como un adolescente que todavía tiene un millón de cosas por descubrir y aprender. Que le dejemos experimentar y equivocarse. Que pueda cuestionarse las creencias que le han inculcado y que no acepte ninguna como dogma de fe. Que se arriesgue a volver a amar como cuando se enamoraba en la pubertad. Que sienta que todas las puertas están abiertas para él. Y que se sienta sostenido y protegido por el ser esencial que al recorrer este camino va tomando consciencia de sí mismo. Tu historia personal está escrita para ayudarte a comprender cómo de subjetivos son tus valores y tus creencias, que son el entramado que no te deja estar en el presente.